Sunday, August 25, 2013

Aterrizaje

Me encanta la palabra aterrizaje, porque en mi mente representa tanto la vuelta a la tierra como el terror de encontrarse, de repente, en otro lugar. Es una palabra tan llena, que revela tanto:

Cuando salimos de JFK el miércoles por la mañana, con demasiadas maletas para cabernos todos en el carro, siguiendo a mi suegro que con tanta buena onda vino a recogernos del aeropuerto, respiro profundo. Y en vez de alivio, casi me ahoga el hedor de la ciudad; el humo de miles de taxis y furgonetas, el peste de la basura que todavía no han recogido, toda la contaminación inescapable en cualquier metrópoli. Y se me ocurre algo que jamás se me había ocurrido en todos mis viajes a países lejanos. El olor que siempre asociaba con el aterrizaje--el que te llena las narices cuando sales del aeropuerto estéril para envolverte con ansia pero con ganas en el abrazo de un nuevo clima, nuevas costumbres, nuevas caras que te cruzan en la calle--no es más que el olor de la ciudad. Este olor tan especial que quiero que me represente lo forastero, lo exótico, lo lejano, realmente representa simplemente lo grande. Es tan, cotidiano. Qué decepción. Pero al fondo, reconocer que este aterrizaje no es tan distinto a los otros es muy liberador. Quizá ya no me hace falta huir de casa para encontrar novedad e interés. Quizá ahora encuentro valor y hermosura en mi propio hogar.

Los olores son fuertes, asociamos amores y odios y temores y alegrías con los olores que los rodeaban. Pero también nos mientan, una fragancia linda cubre un vicio reprensible, y el hedor pestilente a veces nubla una vista preciosa.

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